martes, 1 de junio de 2010

El ciego de Quíos

No sabemos si se llamaba Homero, si era ciego, ni siquiera si llegó a a ver la luz en Quíos, en Esmirna o en cualquier otro rincón de Grecia. Pero sí sabemos que sigue reinando en el Olimpo de los poetas épicos por derecho.

Hace unos días un alumno me preguntaba si yo hablaba griego clásico. ¡Qué más quisiera!, pero tampoco me serviría para mucho; le expliqué que para comunicarnos "con los nuestros" hay que hacerlo con el texto escrito. Hace siglos (milenios ya) que funciona esa maravillosa máquina del tiempo que es la literatura. Y para muestra, la mejor.

Desde esta semana el grupo de Griego II pasa a la siguiente etapa de su educación y de sus vidas. Podrían abandonar esta casa sin dejar memoria pero han aprendido del mejor que la vida sin fama no merece la pena y que la estirpe de los hombres es como la de las hojas de los árboles, una cae mientras la siguiente ya asoma en las ramas.

Y eso no se lo he enseñado yo, lo han aprendido del mismo que me lo enseñó a mí y a generaciones de sabios que en el mundo han sido: un vejo poeta, probablemente ciego, que paseó su arte por los reinos y las gentes de cualquier lugar, de cualquier tiempo, de cualquier condición.

Ese privilegio, el de poder enseñar y aprender con Homero y de Homero (el de verdad, no ese otro amarillo) me ha devuelto la vida varias veces a lo largo de este curso. Ha conseguido obrar un viejo y añorado milagro: TODOS mis alumnos sobreviven gloriosos a la Guerra de Troya aunque todos quedan prisioneros del magnánimo Héctor, poseídos por los dioses para siempre (espero).

Recogeremos los bagajes, cada uno regresará a su patria y emprenderá nuevos viajes, pero en algún rincón de su memoria, como en la mía (que también yo fui estudiante de griego), seguirá resonando como el eco de las olas ese Mῆνιν ἄειδε, θεά,...

Imagino que Rosa, a la que perdimos por el camino, volverá algún día a Troya en las negras naves; que David se colocará en torno el pecho la coraza de bronce y, agitando las fornidas lanzas, ensartará enemigos sin cuento hasta que el bien sea restaurado (por supuesto, en verso holodactílico); Meriem se ocultará bajo el azafranado velo de la Aurora de rosáceos dedos mientras cultiva las artes o las ciencias; Soraya y Jéssica, discípulas de Atenea, pisarán con paso firme y ese sentido del humor tan suyo y tan compartido, en los campos de nuevas batallas manteniendo a raya al desbocado David. Katherin, de delicado espíritu, derramará sus dones curando heridas, alentando guerreros maltrechos y llenando de color y aroma de flores todo su entorno; y Karima, luchadora infatigable y abnegada, pondrá sus ojos de novilla en nuevos proyectos que alcanzará, logrando así fama imperecedera.

Y yo, me quedaré aquí viéndolos triunfar y esperando las nuevas proas que asoman por el horizonte, y esperaré feliz porque Homero se queda conmigo y estoy segura de que volverá a lograr el prodigio de que unos cuantos adolescentes del siglo XXI vibren de nuevo ante su voz, su voz escrita hace miles de años, como la cuerda del arco de Odiseo, con el silbido de una golondrina.

Nota: Chico, chicas, ha sido un verdadero (verdadero, de verdad) placer acompañaros en este viaje.